La culpa, mi segundo nombre
Grabando la clase del lunes en la Shala, he tocado un tema que, inocente de mí, creía tener controlado. La culpa es ese famoso sentimiento que las mujeres arrastramos casi desde pequeñas y que, en la maternidad, como mínimo, se cuadruplica.

La verdad es que yo siempre la he sentido: por no ser lo bastante buena, lo bastante valiente, por no ser más lista, más extrovertida o más sociable. Por no ser la mejor amiga, la mejor hija o la mejor hermana.
A todo le podía sacar un poco de ese sentimiento, que me hacía vivir sin parte del brillo que da la inocencia y la ignorancia. Sin pensar tanto en la de al lado y perder a la que está del otro lado.
Con el embarazo de mi primera hija, la culpa se acentuó tanto que conseguí separarme de ella para entenderla como parte del proceso de hacerme madre. Era como un viejo conocido, pero ahora sí tenía razones para sentirla. Hablaba con muchas otras madres y la culpa era uno de los temas principales de la maternidad.
Así que lo acepté. Asumí que ser madre era vivir con culpa.
Creo que en ese momento olvidé que esa forma de vivir ya la arrastraba de años atrás, y que a todo aquello le sumé, además, la carga de la maternidad.
Hoy, diseñando la clase, pensaba que era un tema que podía traer para tratarlo y verlo desde fuera, como la mujer "madura" que soy, que entiende sus emociones y gestiona sus sentimientos. Pero me he dado cuenta de que ahora ni siquiera puedo ponerle un límite a la culpa, porque forma parte de mi personalidad.
Me da miedo tenerlo tan integrado que no pueda arrancarlo de mí sin perderme por el camino. A veces es difícil saber qué tenemos que cambiar en nosotras cuando aquello con lo que cargamos lo sentimos tan nuestro. Cuando confundimos el estar con el ser.
Si me identifico tanto con la culpa, ¿cómo voy a saber dónde termino yo y dónde empieza lo que me está pasando? El límite se difumina, y entonces no sabemos qué soltar sin sentir que nos soltamos a nosotras.
Esta carta no tiene un gran cierre ni una buena moraleja. Es tan solo el desahogo de una madre que es mujer y que, quizás, como tú, arrastra la culpa como parte de su nombre.
Y como compartirlo siempre ayuda, aquí te dejo esta carta por si te sirve y si además, quieres compartirme tu historia con la culpa, estaré muy agradecida de leerte.
Al final, compartir es no sentirse sola, y solo eso hace que todo cambie.





Comentarios